En muchas ocasiones cuando nos dan la oportunidad de elegir entre dos caminos, uno corto sin obstáculos y otro largo con trayectoria pedregosa, la gente suele decantarse por la primera vía sin cuestionarse si será la mejor opción o bien, si combinando ambos trayectos, alcanzaríamos nuestro destino de manera exitosa. Los fármacos ayudan a muchas personas a mejorar su calidad de vida y reducir su riesgo de mortalidad, pero en muchos casos no atacan el origen principal de la enfermedad, sino que intervienen sobre el síntoma. Detrás de numerosas enfermedades, en la mayoría de las ocasiones hay un estilo de vida sedentario que unido a una dieta desequilibrada, se convierten en el verdadero problema ocasionando numerosas enfermedades asociadas.

Con el paso de los años nuestro cuerpo va sufriendo un deterioro progresivo que afecta a todo nuestro organismo, poniendo en numerosas ocasiones en jaque nuestra integridad físico-cognitiva. Este desgaste puede producirse de manera lenta y pausada, o en algunas ocasiones de manera exponencial, y esto depende en gran medida a cómo gestionamos nuestro estilo de vida.

La demencia no es una consecuencia natural del envejecimiento, se debe a una enfermedad o lesión en el tejido cerebral. Aunque la vejez es el factor de riesgo más fuerte para desarrollar demencia, la mayoría de las personas mayores conservan sus funciones cognitivas y no se vuelven dementes (1). Sin embargo, como resultado del aumento de la esperanza de vida, el número de ancianos aumentará en el futuro y es probable que el número de personas con demencia siga esta tendencia. Si bien solo el 3% de las personas de 65 a 74 años de edad padecen demencia, el 47% de las personas mayores de 85 años padecen alguna forma de demencia (2).

Existen principalmente ocho causas de demencia, entre las que se incluyen la Enfermedad de Alzheimer (EA) como el tipo más común y, aunque las investigaciones en este campo son extensas, la prevalencia de la EA sigue aumentando en todo el mundo, representando alrededor del 60 al 80% de los casos (3)(4). Según el Informe Mundial sobre el Alzheimer 2016, unos 47 millones de personas lucharon contra la demencia en todo el mundo. Se predijo que esta cifra aumentaría a más de 131 millones para 2050, ya que el tamaño y la proporción de la población de 65 años o más continúa aumentando (5). El coste total estimado de la demencia fue de 818.000 millones de dólares en todo el mundo, cifra que aumentará a medida que aumente el número de personas con demencia (6).

La EA es un trastorno neurodegenerativo crónico que comienza y se desarrolla de forma insidiosa, cuyos grupos de síntomas primarios típicos son: (6) disfunción cognitiva; (4) síntomas psiquiátricos y trastornos de la conducta; (5) dificultades para realizar las actividades de la vida diaria. Estos síntomas progresan desde una leve pérdida de memoria hasta una demencia muy grave (5). Con el deterioro de la enfermedad, los pacientes perderían sus funciones corporales y finalmente, la vida. Los estudios muestran que la esperanza de vida típica después del diagnóstico es de tres a nueve años, a pesar de las diferentes velocidades de progresión en los diferentes individuos (7)(8). La EA es una enfermedad devastadora, tanto en términos económicos como dolorosa en términos emocionales para los pacientes y sus familias; sin embargo, aún se ha llegado a pocas conclusiones finales sobre los cambios biológicos precisos que causan la EA, por qué su progresión varía entre los diferentes pacientes, y cómo prevenirla, frenarla o detenerla (4).

Los factores de riesgo que pueden propiciar la enfermedad de Alzheimer se destacan los siguientes: edad avanzada, los antecedentes familiares, el alelo de apolipoproteína E (apoE) ε4, la inactividad física, la elevada ingesta de grasas en la dieta, el consumo de alcohol, el tabaquismo y el bajo nivel educativo (9)(10). De todos estos factores, la práctica regular de ejercicio físico es el que más apoyo recibe, ya que protege contra los efectos perjudiciales de la edad en la salud y la cognición (11). Desde hace mucho tiempo se reconoce que la actividad física regular (AF) es beneficiosa para la salud y se ha demostrado que disminuye el riesgo de contraer importantes enfermedades no transmisibles (en particular, enfermedades cardiovasculares, diabetes, enfermedades respiratorias crónicas y diversos tipos de cáncer) (1). También hay cada vez más pruebas que respaldan sus efectos saludables en las enfermedades neurodegenerativas como la EA y los resultados de numerosos ensayos controlados aleatorios (ECA) han sugerido que las personas deberían adoptar la actividad y el ejercicio físico para ralentizar el impacto negativo del envejecimiento en su función cognitiva, con efectos positivos sobre el volumen del hipocampo en los seres humanos, evitando las disminuciones volumétricas que se producen con el tiempo (12). Dado que el hipocampo es uno de los principales sitios cerebrales de neuroplasticidad, estos prometedores hallazgos sugieren la necesidad de aplicar intervenciones de AF para atenuar el declive neurológico relacionado con la edad, provocando un riesgo 35-38% menor en personas físicamente activas en comparación con sus homólogos sedentarios (13)(14)(15)(16)(17). Considerándose en particular el ejercicio aeróbico como una estrategia potencialmente favorable para los individuos con riesgo de padecer EA, así como en los pacientes afectados (5).

En la última entrada que publicamos Ejercicio físico y salud mental, hablamos sobre el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF) que es una neurotrofina que promueve la supervivencia neuronal y la integridad sináptica, siendo crucial para la plasticidad del cerebro y la regulación de la función de la memoria(15). Los pacientes con EA tienen niveles bajos de BDNF en la sangre y el cerebro desde las primeras etapas de la enfermedad, y los niveles de BDNF están positivamente correlacionados con la función cognitiva (18). A este respecto, incluso un solo episodio de ejercicio físico agudo es un poderoso estímulo para la producción de BDNF tanto en adultos sanos como en personas mayores con EA (19) (20), demostrando que seis meses de ejercicio aeróbico aumentaban el volumen del hipocampo en los pacientes con EA (21). En cambio, en estudios preclínicos intentaron inducir la neurogénesis del hipocampo mediante farmacología y genética en un modelo de ratón transgénico con la EA, no confiriendo ningún beneficio (22). Por el contrario, se observaron mejoras en la memoria cuando la neurogénesis del hipocampo se acompañó de una elevación de los niveles de diferentes proteínas inducidas por el ejercicio, como el BDNF, la interleucina (IL)-6, o la proteína 5 del dominio de la fibronectina tipo III (FNDC5), lo que sugiere que la neurogénesis del hipocampo podría beneficiar la cognición en la EA, pero solo en presencia de un entorno óptimo para la producción del BDNF (22). Por este motivo, las neurotrofinas inducidas por el ejercicio, han surgido como mediadores clave de los posibles beneficios cognitivos del ejercicio en la EA.

El lactato, un subproducto de la glucólisis, que se libera de los músculos que se contraen al torrente sanguíneo durante el ejercicio de alta intensidad y puede atravesar la barrera hematoencefálica (BHE), es otra molécula relevante relacionada con el ejercicio, debido a su papel potencial en la cognición (23). La importación de lactato en las neuronas es necesaria para la formación de la memoria a largo plazo y en un estudio reciente en ratones descubrieron que el ejercicio aeróbico provoca la acumulación de lactato en el hipocampo, donde promueve una mejora de la función cognitiva (aprendizaje y memoria) a través de un aumento de la expresión de BDNF (24).

Por otro lado, La EA comparte mecanismos fisiopatológicos comunes con las enfermedades cardiovasculares (ECV) (25). De hecho, la presencia de factores de riesgo de ECV, como la hipercolesterolemia, la hipertensión, la diabetes o el tabaquismo, se asocia con un mayor declive cognitivo en los individuos con o sin EA (26). En particular la hipertensión, la diabetes y el tabaquismo, se asocian con el riesgo de demencia debido a que se han encontrado menores volúmenes corticales frontales, temporales y subcorticales, mayores volúmenes de hiperintensidad de materia blanca y una microestructura de materia blanca más pobre en las vías de asociación y talámicas (27).

Los mecanismos que asocian las ECV y la EA son todavía inciertos; sin embargo, hay indicios de que el flujo sanguíneo cerebral (FSC) podría desempeñar un papel relevante, debido a que su reducción suele estar asociada a la presencia de factores de riesgo de ECV como la disfunción endotelial vascular y la hipertensión, siendo ambas identificadas como principales factores que contribuyen al declive cognitivo y a la EA (28). En este sentido, el ejercicio de resistencia aeróbica puede repercutir en la disminución de la FSC asociada a la edad y por tanto, proteger potencialmente el cerebro contra el desarrollo de la EA. Además, recientemente se ha demostrado que seis meses de ejercicio aeróbico mejoran la FSC en adultos mayores sedentarios en la etapa preclínica de la EA (29). Del mismo modo, una intervención de ejercicio de 12 meses mejoró la FSC en los adultos mayores con deterioro cognitivo leve (DCL), con mejoras en la corteza cingulada anterior y la corteza prefrontal adyacente, que se correlaciona con la mejora de la memoria (30). Por otro lado, teniendo en cuenta que la hipertensión es uno de los principales factores de riesgo, el ejercicio físico puede ser beneficioso para la salud cognitiva al disminuir la presión arterial con reducciones similares o incluso mayores que diferentes tipos de fármacos (31), como ya comentamos en la primera publicación, ¿es el ejercicio físico un mecanismo efectivo para reducir la hipertensión arterial?

Por último, el ejercicio de fuerza (por ejemplo, el levantamiento de pesas), que lamentablemente se pasa por alto en gran medida a pesar de su enorme potencial terapéutico en los adultos mayores, en particular contra el riesgo de enfermedades cardiovasculares (32), puede influir en el riesgo de enfermedad de Alzheimer y en la función cognitiva en general. Si bien hay pruebas sólidas que respaldan los beneficios del ejercicio de fuerza para mejorar la cognición en los pacientes con EA, sus mecanismos aún no están claros (33)(34). A este respecto, un estudio reciente informó de que 6 meses de entrenamiento de fuerza mejoraron la cognición y protegieron de la degeneración estructural y funcional de los subcampos del hipocampo a largo plazo (12 meses después del cese del entrenamiento) en los individuos con DCL (35), provocando también mayores aumentos agudos y a largo plazo de la concentración de irisina después de 8 semanas de entrenamiento, en comparación con el ejercicio de resistencia aeróbica en los seres humanos (36)(34), por lo que, dado el papel de la irisina en la salud cerebral, sugiere la eficacia potencial del entrenamiento con ejercicios de fuerza para la prevención de la EA y para la mejora de la cognición en los pacientes ya afectados. En este sentido, diversos estudios han informado de que una menor masa muscular se ha relacionado con la atrofia cerebral y un mayor riesgo de EA (36), demostrando que la sarcopenia (pérdida excesiva de masa y función muscular con el envejecimiento) se asocia con un mayor deterioro cognitivo (37). Además, se ha informado de que la incidencia de la sarcopenia crece desde las primeras etapas de la EA, haciéndose más prevalente a medida que aumenta (de 11-13% en los individuos con cognición normal, a 36-41%, 45-47% y 47-60% en los que tienen EA temprana, leve y moderada, respectivamente) (38)(34).

Finalmente, para que las personas con Alzheimer se beneficien de los efectos protectores del ejercicio físico se recomienda su práctica hasta 3 veces por semana con 30 minutos por sesión, demostrándose que periodos cronológicos de más de 16 semanas tuvieron mayores efectos que duraciones más cortas en el tiempo (5). Por tanto, esto refleja una vez más que la práctica de ejercicio físico debería realizarse durante toda la vida y convertirse en una opción primordial durante nuestro día, una polipíldora preventiva y terapéutica, sin la cual jamás podrás desarrollar tu potencial de salud.

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